Vida hospitalaria

Día 4

Llego el gran día y fuimos a Perea para el tratamiento.

En ayuna nuevamente, pareciera que el propósito de esto es probar mi paciencia en cuanto al hambre. La dra. Hart se encuentra con todos los obstáculos del mundo para llegar al hospital y al cabo de cuatro horas llega espeluzá pero yo feliz por que al fin saldremos de esto.

Como no me puedo estar quieta durante la espera hago llamadas, planifico las vaciones de Semana Santa 2014, compro pasajes y discuto temas con un Eduardo soñoliento que a todo dice que sí.

Yayi llama y pregunta que como estoy, mientras la “Peter Lik Boricua” de Rita me regala uno de sus amaneceres via mensaje de texto.

Le contesto que estoy cansada e inquieta, que tengo hambre pero ella me hace reflexionar que no es mi hambre sino el que Eduardo este sin comer lo que verdaderamente me preocupa y es cierto.

Así que con este pensamiento de tranquilidad me deja y ahí, comienzo a observer la vida hospitalaria a mi alrededor, una vida tan familiar para mí y a la vez tan lejana.

Extraño esa emoción constante que se vive en un hospital, ese estrés continuo que se respira a cada instante, ese agite, esa preocupación, esas caras robóticas y a la vez llenas de sentimiento, de ayudar, rescatar, salvar.

Cada cual en su propio mundo, desde el que limpia hasta el director médico han pasado frente a nosotros en estas 4 horas.  Todos apurados, concentrados, pero aún así sacan un segundo para murmurar un buenos días apresurado y automático, pero un buenos días de cualquier manera, todos con un fin común, el de contribuir a la salud de los que como yo, se encuentran allí en calidad de pacientes.

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